Perdón, perdón. Es que estas últimas semanas he estado liado con unas cosillas. Nada especial: Esto que un buen día estás cenándote un sándwich de tortilla con tomate y a la mañana siguiente te ponen en los brazos un bebé recién salido de fábrica.

Y es que ya en frío, con el paso de los días, resulta curioso ver que estás al otro lado del espejo. No soy el padre que va al médico para enterarse de que su niño es hiperactivo, sino que soy yo, el padre de la criatura, el que pide cita en psiquiatría porque teme cagarla por todo lo alto el día menos pensado porque su reloj interno falla más que una escopeta de caña. Amén de que tener un hijo revoluciona la vida de cualquiera, hiperactivo o no, con déficit de atención o no. De pronto entras en un estilo de vida en el que más o menos te haces cierta idea de cuándo te irás a la cama pero “despertarse por la mañana” es una cosa que te pasa siete veces sin saber si volverás a coger la posturita en la cama otra vez o si acabarás saliendo a la calle con más ojeras que el mafioso de los Simpson.

Vamos a hablar claro: Se pasa mal. Ser padre es una de las cosas más maravillosas que le puede pasar a un ser humano y cualquiera con sangre en las venas se desespera al ver a su bebé de tres semanas llorando por los gases-o-vete-tú-a-saber-por-qué, se hace un poco de lío con todos los trámites y se tira de los pelos cuando se da cuenta de que ya no quedan más pañales a las tres de la mañana. Ser padre es algo más que aportar una célula. Esto es así, con TDAH, con acné, con la radio encendida, o como se lo quiera uno imaginar.

Pero cuando tienes sinceras dudas de si te las apañarás con todo, se pasa peor. Evidentemente, tener que levantarte un montón de veces cada noche o terminar todos los trámites de registro, citas médicas, etc. son cosas que hacen que cualquiera se tire de los pelos, pero cuando te acompaña el TDAH se suman todas esas pequeñas cosas que no suelen entender quienes no padecen el Trastorno, empezando por el cambio de rutina. Si tienes Déficit de Atención, ya sea con o sin hiperactividad, y vas a ser padre, mi consejo es que desde ya mismo te hagas a la idea de que la rutina cotidiana que tienes actualmente va a saltar en mil pedazos. Sí, mejor hacerle frente que dejar que te meta una hostia: Hazte a la idea desde ya. Se acabó lo de levantarte a tal hora, luego ir al gimnasio, luego nosequé y luego nosecuanto. Ahora todo girará en torno al bebé. Habrá quien diga que un cambio de rutina así puede afectar a cualquiera, cosa que no dudo, pero para un TDAH al mero “cambio de chip” se suma un toque de ansiedad que lo impregna todo. Ese nerviosismo cada vez que un médico, una matrona o un funcionario te da nosequé dato, una fecha, un papel, y sales por la puerta sin haberlo anotado.

Pondrás la mesa de otra forma y en otro momento, harás la cama cuando no tienes costumbre de hacerla, te ducharás cuando tengas un segundo y no cuando tengas ganas, ya no sabrás lo que es salir a la calle con auriculares, etc. ¿Más cosas? Más explicaría, pero… ¡tengo que ducharme antes de cenar!

No quiero ser cruel contigo, sino ponerte en sobreaviso. Si luego no es para tanto, oye, gallifante para tí. Todo es cuestión de seguir con nuestra batallita diaria: Que si las notas, que si las alarmas, que si los calendarios… Y si quieres un consejo de oro puro, apunta: No pierdas detalle de todas esas cosas que te hacen la vida más fácil. Pocas cosas hay más frustrantes como alguien con TDAH como olvidarse de mirar la lista de cosas por hacer o perderse una cita por no haber mirado el calendario. Los necesitarás más que nunca. Y tu pareja, más comprensión que nunca.

Otro día espero contaros más cosas sobre cómo es ser un padre con Déficit de Atención.

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