A veces me resulta curioso cómo la gente no suele comprender que el Déficit de Atención y la hiperactividad son algo que nos acompaña veinticuatro horas al día. Sesenta minutos cada hora. Sesenta segundos cada minuto. Al menos, gran parte de esos sesenta segundos.

Y quisiera llamar la atención sobre esto. El problema de la atención no aparece cuando se nos olvida algo, o cuando nos damos cuenta de que hemos sido muy despistados con tal o cual asunto, o cuando alguien nos llama la atención por no haber hecho tal o cual tarea. El Déficit está ahí de forma permanente, con lo que no es necesario  esperar a “meter la gamba” para que los afectados identifiquemos el problema. Ya estamos demasiado ocupados con nuestro pensamiento “emm… emm… emm…” a cada momento que pasa. ¿Sabéis estas veces que sales de tu casa y justo al cerrar la puerta te invade una horrible sensación de que “se me olvida algo”? Bien: Imagina tener esa sensación casi todo el tiempo. Va y viene, pero en términos generales se podría decir que siempre está ahí.

Es fácil suponer que eso puede causar estrés, lo que tal vez tenga relación con el hecho de que un buen porcentaje de los adultos con Déficit de Atención acaban por tener problemas con drogas, además de tener una trayectoria laboral más inestable y sufrir más divorcios que la media. Estoy seguro de que esto está relacionado directamente con el hecho de que la gente que nos rodea no comprende qué nos pasa exactamente (si es que nos pasa algo). Ahí puede estar la clave: “Si es que nos pasa algo”. En tanto organizaciones, profesionales, etc. sigan tratando el TDAH como un problema infantil, como una farsa inventada por los laboratorios farmacéuticos, o como una mera curiosidad en lugar de como una patología cerebral, jamás entenderá el gran público cómo es vivir con Déficit de Atención, que es algo que se debe tener en cuenta y que los afectados nos sentimos mucho más seguros de nosotros mismos, con más confianza en conseguir hacer las cosas bien, si la gente que nos rodea tiene en consideración que ese problema está ahí.

Cualquiera puede tener un despiste. Cualquiera puede necesitar organizarse un poco. Quién no ha entrado en una habitación para preguntarse qué tenía que hacer ahí. Quién no ha tenido un despiste. Quién no puede ser olvidadizo. Quién no se ha sentido alguna vez aburrido y con ganas de cambiar de aires. El problema no es ese. Eso puede resultar hasta gracioso en un momento dado, como cuando te presentas en el baño con un plato de macarrones y reírte de lo absurdo que pareces delante del espejo. El problema no es ese, ese pequeño reguero de despistes que cualquiera deja tras de sí en su día a día. El problema es que toda tu vida sea un gran despiste, un gran agobio, un gran “se me olvida algo” permanente bajo órdenes de un cerebro que no sabe comportarse de otra manera.

Por cierto… Sí: Como buen TDAH, he necesitado repasar tres o cuatro veces y a trompicones el título de esta entrada para asegurarme de que no me hago un lío con los números.

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