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Mirando tras el muro del TDAH

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Dicen que el cerebro humano tiende a olvidar los sufrimientos una vez los ha dejado atrás. Lo he pensado más de una vez estos días, desde que hace una semana se reconoció mi TDAH y empecé a tomar la medicación (que, como dije en el post anterior, no voy a decir cuál es porque no quiero que alguien se vea con acceso a esa medicina y la tome por su cuenta).

Y es curioso cómo a veces me sorprendo dándome cuenta de cosas que antes, con el Trastorno en todo su apogeo, no veía, o no con esta claridad. Por ejemplo:

-Tengo hambre: Uno de los efectos secundarios de mi medicación -menos de los que esperaba, por cierto- es que quita el hambre. Tampoco es que se te quiten las ganas de comer cuando tienes el plato delante, pero evita ese deseo de comer algo porque sí, picar entre horas, echarte un poco más (“¡Tú es que comes con la vista!”, me ha dicho mi mujer mil veces). Así que ahora no reparo en comer algún tentempié a media mañana, o en merendar antes de salir a la calle por la tarde. ¡Así que llevo una semana dándome cuenta de que tengo hambre cuando las tripas ya me están rugiendo y retorciéndose sin piedad!

-¿Tengo sueño?: Siendo vegetariano no bebo Coca-Cola. El colorante que le da ese tono rojizo se saca de unos insectos. Pero cuando sí lo hacía ya entrada la tarde, era habitual que la cafeína me quitara el sueño a la hora de irme a la cama, así que los ojos me pesaban, se me hinchaban, me sentía cansado, pero me acostaba y nada… que no hay quien duerma con la dichosita cafeína. Ahora me pasa algo parecido, ya que el metilfenidato es básicamente un estimulante. Eso sí, dicen por ahí que en unas semanas el problema desaparecerá, y tengo que reconocer que el insomnio sólo me llegó a fastidiar de verdad las dos o tres primeras noches. Una curiosidad: Quedarse en la cama a oscuras pensando en tus cosas por no poder dormir es totalmente diferente con déficit de atención y sin él.

-¡Me aburro! Sí señores, me aburro. Los TDAH que leáis esto estaréis sorprendidos. ¿Aburrirse un hiperactivo, siendo expertos en agobiarnos y perder el tiempo corriendo de forma caótica a hacer cosas que supuestamente tenemos que hacer para no acabar de hacer ninguna? Pues sí, y es de lo más llamativo que estoy viviendo esta primera semana con medicación. Ayer tuve un día normal y corriente; salí por la mañana a hacer recados mientras el niño paseaba, comimos al volver, le puse a dormir, merendamos, jugamos a ratos, pasé la escoba a las habitaciones… Era temprano y hacía calor como para salir a la calle, no había mucho de interés en internet, no tenía nada especial que hacer (luego descubrí que olvidé hacer la comida; nadie dice que la medicación sea perfecta) y de pronto reparé en que… bufff… ¡estoy aburrido!

Es curioso cómo tener un mejor control del tiempo hace que me organice mejor, tenga un comportamiento más productivo… ¡pero también hace que me dé cuenta de cuándo ya he terminado de hacer todo lo que tenía previsto y  me vea de pronto de brazos cruzados y aburrido! Eso no lo echaba de menos, mira tú…

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El gran día

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No voy a entrar en detalles que no vienen al caso, porque la vida es una cosa compleja -y complicada también muchas veces- y decir aquello de “uno de los días más felices de mi vida” puede tener muchos matices. En un mismo día lo puedes pasar genial y fatal, sentirte feliz y amargado, esperanzado o agotado…

Así que dejando a un lado esos matices, se podría decir que sí, que el miércoles fue uno de los días más felices de mi vida.

Iba a decir que todo empezó el martes a media mañana, pero en realidad empezó mucho antes, durante los años en los que se han ido sucediendo todas esas cosas de las que hablo en este blog. Pero resulta que el martes a media mañana tenía cita con el jefe de psiquiatría del Hospital Fundación de Alcorcón, por recomendación de otra psiquiatra (siempre de la Sanidad Pública, faltaría más) y tras pasar por un primero que espero no volver a cruzarme en mi vida.

Hubo mucho retraso y la entrevista fue rara por esto y aquello, pero soy de los que piensan que no debe juzgarse al médico por otra cosa que no sea lo estrictamente necesario: Que te escuche y que el diagnóstico y el tratamiento sean adecuados. Y así, con un calor que me moría y comprobando hasta dónde han llegado los recortes en la limpieza del hospital -las cosas como son- salí de allí con una receta y mucha incertidumbre en el cuerpo. Pero sobre todo con una respuesta a la gran pregunta: ¿Entonces, se puede decir seguro que es TDAH? El médico respondió con cara rara, como quien no quiere afirmar nada rotundamente para mantener cierto rigor de investigador profesional, pero fácil de interpretar como un soberano “Tienes todas las papeletas, chaval”.

No quiero decir qué me recetaron porque sé que hay mucha gente con TDAH interesada y creo que es un asunto que debe tratarse de forma seria y personalizada con un profesional competente. Lo último que quiero es que alguien encuentre esa medicina en el botiquín de cualquier familiar y haga experimentos poco sensatos.

Aquella noche de martes me tomé la primera dosis; una pastillita que partí por la mitad. Y no sé… me sentía como siempre, pero más tranquilo. No era como cuando aquel $%?&!!! me recetó Rivotril para tenerme dormido una semana. Era… diferente. Me costó mucho dormirme, eso sí, pero bueno… mañana sería otro día. Y vaya si lo fue.

Como cada día, mi mujer se levantó para irse a trabajar mientras yo me preparaba para salir a pasear con el niño. Miré el reloj, me tomé la dosis que tocaba y allá que salí a empujar el carrito por las calles. Y según avanzaba y le daba vueltas al tema, sin saber qué esperar ni en qué medida, me empecé a dar cuenta. Otra vez estaba extrañamente tranquilo. No como una flor de loto que yace plácidamente sobre la superficie de un estanque, vale, pero tranquilo. Más sereno, más consciente, como si acabara de hacer una buena sesión de meditación.

Pero no era sólo eso…

Sabía que me había levantado a las 8:22, que me había cruzado con tal persona y que aquella tarde tenía que hacer tal encargo. ¡Lo sabía! Es decir, no me lo estaba diciendo la alarma del móvil, ni la lista de recordatorios. Simplemente, lo sabía, y sabía que era la hora que era, y me hacía cierta idea de cuánto tardaría en volver a casa, y no me preocupaba en absoluto pensar que después de comer tenía que barrer y fregar el suelo. Me daba cuenta de que mantenía algo así como un diálogo interno medio normal, no como hasta entonces que el mero hecho de darle vueltas a cualquier asunto mentalmente era como escuchar tres canales de radio a la vez.

¿Entonces… es así? ¿Así es la… “gente normal”? ¿Se supone que el cerebro debería funcionar así, y no como yo había entendido como “normal” desde que tengo uso de razón? ¿Entonces… esto es la atención? O al menos hasta que pasadas unas semanas vaya ajustando la medicación lo mejor posible… ¿así es la sensación de que todas esas conexiones de la corteza prefrontal del cerebro están funcionando como deberían?

Entonces recordé una enseñanza budista. Se dice que la mente del estudiante budista debe ser como un recipiente entero, limpio y boca arriba. Si el recipiente no está entero, está roto, no importa cuánto queramos meterle dentro, se derramará. Es decir, la mente podrá obtener sabias enseñanzas pero las olvidará o no las entenderá. Si el recipiente está sucio, no importa lo limpia que esté el agua con que se llene: Se ensuciará, como cuando mezclamos creencias encontradas. Y si el recipiente está boca abajo, no importa lo que se intente poner dentro: No entrará, porque es inútil dar una enseñanza valiosa a quien no es receptivo a oirla. Y yo siempre me había considerado un recipiente roto…

No me cabía un nudo más grande en la garganta, ni los músculos de los ojos sabían cómo contener las lágrimas. Me tapé la boca con la mano, como cuando no quieres romper a llorar como un tonto en plena calle, pero al mismo tiempo me daba igual que la gente me viera emocionado, tan emocionado como no había estado en quién sabe cuánto tiempo. A cada rato me distraía un poco, pero me daba cuenta y volvía a pensar en lo que quería, y aquella mañana recordé mil veces el despertador marcando las 8:22 y mil veces recorrí mentalmente lo que había hecho y dejado de hacer por la mañana.

No me lo podía creer, y en el rato que seguí paseando mientras mi hijo dormía inocentemente ajeno a tanta ilusión, volví a llorar como tres o cuatro veces. Y oh, sí, podéis estar seguros de que cuando volví a casa y dejé al pequeño jugando en su parque, lo primero que hice fue sentarme en la cama y llorar como no recordaba haberlo hecho nunca. Por un momento hasta se me vino a la mente ese video de YouTube en el que una chica sorda se emociona al oír su voz por primera vez, y aunque no se pueda comparar, sé que por un momento me supe identificar con ella.

Y no dejaba de darle vueltas a la misma pregunta: ¿Entonces… es así? ¿Es esto?

No tengo palabras para expresar lo importante que considero la normalización del TDAH, y más concretamente del TDAH en adultos. No que se conozca en círculos académicos o que los médicos sepan qué es, o que haya tales o cuales estadísticas, congresos, artículos, informes o asociaciones. La normalización no es eso, sino que la gente de la calle, mi vecina de abajo, tu compañero del trabajo, tu suegro, el conductor del autobús, sepan que hay personas que tienen este problema, como saben que hay gente que tiene alergia, o que tiene autismo, o que tiene fibromialgia.

Cuando alguien se encuentra con una persona y se entera de que tiene tal o cual condición que… por así decirlo, la hace especial, o particular, como por ejemplo celíaco. Se puede saber mejor o peor en qué consiste, puede haber mayor o menor comprensión, pero la gente lo comprende y sabe que tal vez tengas una necesidad especial, o una dificultad específica, etc. Pero cuando una persona sabe que alguien es hiperactivo, por defecto se monta la película de que es una persona que no para quieta, echá palante, parlanchina… porque es su forma de ser y ya está. Y no: Una persona hiperactiva no es parlanchina porque sí, como quien es simpático por carácter. Una persona hiperactiva, o una persona con problemas de atención, no se distrae por falta de voluntad, ni deja sus proyectos a la mitad por vagancia, sino porque hay unas cositas ahí dentro en su cerebro que no funcionan como deberían.

Es muy importante que la gente comprenda esto, y que los adultos que sospechan tener síntomas acudan sin complejos ni vergüenza a la consulta del psiquiatra acompañados de su pareja o la persona con la que vivan y compartan sus despistes y torpezas, no sólo porque una forma maravillosa de hacer que un TDAH se sienta mejor es comprendiéndole y considerando que no puede evitar sus particularidades, sino porque a más normalización y reconocimiento, más efectiva será la investigación que se haga en torno al Trastorno y mejores serán las medicaciones en el futuro, más seguras, más exactas… No podemos evitar que haya gente con Déficit de Atención, con o sin hiperactividad, pero estoy seguro de que poco a poco se puede conseguir que haya más gente que viva uno de los días más felices de su vida.

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